Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?
Salmos 8: 3 - 4
Llegué a trabajar, aún estaba oscuro. Sentada en mi carro mirando hacia el horizonte podía contemplar el firmamento, a los pocos minutos pude ver como la luz se abría paso entre las tinieblas, ésta poco a poco se iba disipando para dar paso al nuevo amanecer. Cuando bajé del auto pude contemplar una mezcla espectacular de colores entre las nubes; grises, rosas y blancas entre ellas podía ver el cielo azul, yo miraba emocionada, trataba de tomar fotos pero esa pequeña cámara que tenía en mis manos no era capaz de plasmar la belleza y el esplendor de lo que mis ojos veían, cuando derepente para completar lo que mis ojos veían bandadas de palomas revoloteaban a través del cielo.
Estaba muy emocionada mirando dando gracias a Dios el Creador por tanta magnificiencia, por tanta majestuosidad por tanta belleza que me permitía contemplar, era algo muy grande que me embargaba, cuando en mi oración dije: que bello es Dios todo lo que haces con tus manos.
Todo esto me llevó a recordar que sí, realmente es muy bello todo lo que Dios hace con sus manos, y a entender que nosotros somos su mayor obra de arte.
Él nos formó, cuidadosamente, detalladamente, así como un escultor cuando crea la pieza más importante de su vida.
Nos formó con tanto amor, nos hizo hermosos a sus ojos, nos contempla, nos guarda, nos cuida, nos guía como un padre a su hijo al que ama. Me pregunto: ¿Cómo Padre sufruirá al ver lo testaruros que somos al querer tomar nuestro propio camino sin tomar en cuenta todo lo que ha hecho, hasta dar su última gota de sangre por tí y por mí?