Y tú hijito mio, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para prepararle el camino. Darás a conocer a su pueblo la salvación mediante el perdón de sus pecados.
Lucas 1: 76 - 77
Juan el Bautista, enviado al mundo a través de una concepción milagrosa con una gran misión de parte de Dios. El ángel le dijo a Zacarías, padre de Juan: Porque él será un gran hombre delante del Señor, jamás tomará vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde su nacimiento. Hará que muchos israelitas se vuelvan al Señor su Dios. El irá primero, delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos y guiar a los desobedientes a la sabiduría de los justos. De este modo preparará a un pueblo bien dispuesto para recibir al Señor.
Este hombre, Juan el Bautista, llama mucho mi atención, no sólo por ser un enviado del cielo, más bien lo pienso por su humildad. Cuando le preguntaron ¿quien era?, el no sacó a relucir sus pergaminos, su dinastía, su apellido; el humildemente dijo entre otras cosas: ... pero entre ustedes hay alguien a quien no conocen, (refiriéndose a Jesús) y que viene después de mí, al cual yo no soy digno ni siquera de desatarle la correa de las sandalias.
¿Y tú, tienes un corazón humilde? ¿Cómo te ves a ti mismo? ¿Cómo te ves cuándo te encuentras realizando tu trabajo? ¿Cómo te ves cuándo sirves a alguien?
¿Recuerdas la humildad de Jesús, cuando el mismo lavó los pies de sus discípulos?,
Jesucristo no dejó de ser quien era por hacerlo. La humildad no es una posición social, la humildad es una disposición de tu corazón.